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Un día cualquiera

Pronto hará un año que me vine a Madrid, el otoño entró sin aviso y los días cada vez son más cortos. Ahora siempre es de noche cuando termino de trabajar, pero hoy he decidido echar a andar. “Son malas noticias, Cristi…”. Me he quedado mirando el móvil, impasible, he levantado la cabeza y he visto llegar el autobús. He decidido echar a andar…

 

Durante los primeros seis meses tras mi aterrizaje en una ciudad que se me antojaba abrupta a pesar de mis infinitas ganas, cada mañana cogía el metro para ir a trabajar, y cada mañana me cruzaba con gente de infinidad de colores, lánguidos, silenciosos, movidos por la inercia de unos hábitos adquiridos a disgusto, algunos medio dormidos, sumidos en una atmósfera donde el sonido irritante de los vagones en las vías y el brusco parón estación tras estación llegaban a pasar tan inadvertidos como las propias personas que concurrían cada mañana a esperar en los andenes. Ninguna cara conocida, nunca dos personas iguales en la misma línea. Sólo un cajón lleno de gente cada mañana, al ir, y cada tarde, al volver…

La fortuna me sonrió, y una nueva etapa de disfrutar de las calles de Madrid se ofrecía ante mí, complaciente, tras el cambio de piso. Estoy más cerca, más céntrica, y el barrio es un buen barrio. Puedo llegar al despacho tras un entretenido paseo, y volver a casa despejando las frustraciones de un día imposible gracias al ruido de la gente que habla, que se cruzan miradas, que se tocan… Nunca eché de menos la Linea 1, hasta hoy.

He echado a andar durante demasiado tiempo, he intentando calmar la angustia paseando sin rumbo y  me he alejado. Los pies duelen a rabiar después de un día de visitas, traslados, reuniones, prisas… Estoy a punto de quitarme los tacones. Apenas hay tráfico, es tarde, y una boca de metro aparece en la próxima esquina como la más cabal de las alternativas.

 

Da igual si es lunes, o sábado, o muy tarde, o demasiado temprano, el metro siempre va lleno. Hasta llegar a casa debo coger dos líneas y la primera es la 1. Vuelvo a sentir el esbozo de aquellos primeros días del otoño pasado, el frío fuera y el calor humano en el vagón, las caras inexpresivas del que va y del que vuelve, el olor del espacio cerrado, el sonido chirriante. De pie, apoyada en una esquina veo mi reflejo en los cristales, en los túneles, mis ojos no rompen a llorar pero el sofoco me alcanza la garganta y muestra una mueca desencajada de mí misma. Me reconozco, pero no parezco yo.

Entonces ocurre algo insignificante, invisible para todos menos par mí: un muchacho invidente se sube a dos paradas de mi destino. No puedo evitar observarlo, se guía con su bastón para no tropezar con las puertas, para buscar dónde agarrarse, alguien se levanta, sin hablar, sin decir palabra, apenas lo agarra de un brazo y lo dirige a su asiento, y el chico ciego se deja hacer, con naturalidad, y apoya su mano en la mano ajena, y se sienta, refugiando el bastón entre sus piernas. Nadie dice nada, el hombre que ahora está de pie se dirige a mi esquina, me sonríe y se apoya para no quedar a merced del vaivén del inevitable traqueteo.

He bajado en la siguiente estación, porque me he echado a llorar. Porque hay muchas buenas personas que parecen grises, y yo hoy le he sonreído a una de ellas, y el nudo del estómago ha dejado paso a una sensación de alivio por ser cómo soy, por dar siempre las gracias y pedir las cosas por favor, por ser tan ingenua y tan cabezota, por comerme el chocolate a escondidas, por no tener memoria para ser rencorosa, por no poder dejar el café, por no saber siempre lo que quiero, por ponerme colorada cuando me piropean, por quitarle importancia a las cosas, por ponerme triste los días con regla, por decir lo que pienso, por ser una inútil con las plantas, por intentar ser siempre agradable, por hacer las tortillas como le gustan a mi padre, por ser una vaga con el maquillaje o no tener valor para teñirme el pelo, por cantar por lo bajito cuando las cosas salen como deben,  por ser una inconstante, por seguir viendo pelis de dibujos, por querer y saber que me quieren y que me han querido…

Porque ahora sé que no soy gris, y que las noticias quizá no eran tan malas porque no necesito que me ayuden a sentarme, porque mis ojos te cuentan una historia de un vistazo y no se cansan de buscar mundo, de mirar gente y cerrarse con una sonrisa. Porque siguen llorando y se van llenando de arrugas…

He llegado a casa y me he sentado a escribir. Sin un objetivo, sin borrar, sólo hablando de mí… Y sin esperar nada de quien lea esto, porque puede leerlo y aún dude de si es feliz...

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