III. Una historia a retales...
Testigo de Cargo - 20-06-2006 08:42:03 | Categoria: La Butaca
Siempre que me han preguntado cómo conocí a Matías, mi respuesta es la misma: por accidente. Con mis 23 añitos recién cumplidos, empezaba a flirtear con las oposiciones a judicatura, que exigían una dedicación en cuerpo y alma desde el principio. Ese año, y aprovechando las cálidas temperaturas del puente del Pilar, aproveché para escaparme unos días a mi Matalascañas de mi infancia y descansar de tanta legajo. La mala fortuna que siempre acompaña mis buenos propósitos hizo que los primeros días de lo que iba a ser un retiro bajo el sol andaluz se convirtieran en lluviosas horas de recogimiento entre crucigramas y programas matinales de televisión. A nada que el astro rey se dignó a asomarse en el horizonte, me planté mi mejor biquini y, novela en ristre, bajé a sentir el perfume de una playa a estrenar. Una pareja, un grupo de extranjeros, los muchachos del chiringuito y un chaval pegádole pataditas a un balón de voleibol. Una foto perfecta para una jornada tranquila de buena literatura sobre la arena.
Sentada en la toalla, volcada mi energía en terminar el tostón de libro que la meteorología me obligó a empezar, no dejaba de mirar, primero por el rabillo del ojo, y luego con auténtico descaro, a aquel muchacho moreno que tenía como único entretenimiento probar su puntería intentando derribar a golpe de balón un pedrusco colocado cerca de la orilla. Después de clavarlo bien clavado para que las olas de la orilla no lo derribaran, se alejaba unos metros y tras colocarse cual delantero antes de tirar un penalty, le pegaba con poco acierto una señora patada al balón que, en el mejor de los casos, pasaba rozando la piedrecita de marras. No sé cuántas veces lo intentó hasta percatarse de que su inútil empresa se había convertido para mí en un pasarratos mejor que las andanzas y desventuras de la familia Buendía, momento este en que, digo yo que animado por la existencia de público, sonrió descubriendo un gesto de lo más entrañable y volvió a intentar la jugada...Nada..
Así anduvo un buen rato: tiro, fallo, corre a recoger la pelota, corre a colocarte de nuevo, tiro, fallo… Me levanté y me acerqué a la orilla divertida por la escena a la que asistía. Calculé que el mozo rondaría mi edad, y resultaba tragicómico verlo empecinado en hacer diana con el balón. Me quedé mirándolo con una sonrisa de oreja a oreja de estas que dicen “uy, que tierno…”. Lo volvió a intentar y, mira tú por donde, dio de lleno en el pedrusco, haciendo botar el balón hasta mis pies. Se me escapó un “ole” de lo más sentido, él sonrió mientras levantaba las manos en gesto de victoria. Me agaché a recoger la pelota y, como en un suspiro, lo tenía delante de mí, jadeando por la carrera, encantador…
Me agarró por los brazos y me plantó un soberano beso en toda la boca, a lo que reaccioné con una risita estúpida, contrariada con mi propio genio por no haberle propinado un guantazo por fresco. Pero es que era tan encantador… “Eres mi primera fan”, me dijo, y cogió su pelota y se metió de cabeza en el agua… Encantador…
Encantador si hubiera pasado así, claro, porque la realidad es que Matías y yo nos hicimos amigos tras la bronca monumental que le solté después de que el encantador muchachito me propinara un encantador porrazo en la cabeza con su encantadora pelotita… Y ese sólo fue el principio del principio...
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Ya era hora de que alguien se animara a dar un poco de vida a este blog, que en los últimos tiempos andaba poco usado. Me alegra, sobre todo, que haya sido Testigo de Cargo quien haya decidido continuar su relato, creo que es un buen síntoma.
Espero que este cuento a retales atraiga la atención de todos y podamos intervenir con mayor asiduidad.
Un saludo a todosComentario de Justiniano hace 3 años y 42 meses








